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viernes, 28 de marzo de 2014

El sonido del silencio, por: Alberto Fuguet.

Si me obligan a optar entre el ruido y el silencio, me quedo con el silencio. O, al menos, con el ruido ambiental, que no es ruido, sino sonido. Sonido ambiente. Hace unos meses, rodé una película (Enero 2005) En rigor, la dirigí, pero no quiero entrar en eso. Esta columna no es sobre eso aunque quizás sí. Rodar, y dirigir, no es algo del todo fácil. Es algo intensamente intenso. Estás siempre alerta, con todos tus sentidos y emociones al rojo vivo. Algunos días son largos y, si bien hay días buenos y cortos, la mayoría son complicados, decepcionantes y caóticos. Quizás por eso, uno de los momentos altos de un día de rodaje es cuando todo y todos callan. Es cuando el jefe de sonido (ese soy yo) llama a todo el equipo al silencio porque se hará un wild. Es decir, registrar el ruido salvaje, el ruido ambiente. A veces, ese ruido es urbano, intenso, abigarrado y francamente salvaje. Pero en muchas ocasiones ese wild que se capta con los inmensos booms es silencioso. Un silencio en apariencia quieto, pero no por eso insonoro (aunque uno no lo crea, cada departamento vacío tiene un sonido propio y característico). Cuando todo el equipo se callaba para hacer un wild, para grabar el sonido que está debajo de toda la acción y de todos los diálogos, aprovechaba al máximo ese momento. Sentía que era mi momento. A veces cerraba los ojos e intentaba adivinar qué estábamos escuchando. Ese es el momento - quizás el único- en que nadie puede hacerte alguna pregunta, en que nadie puede gritar o reclamar. Ese momento de silencio no del todo silencioso (las hojas de los árboles que se mueven, los pájaros, un arroyo a lo lejos, el particular ruido de los regadores) era, curiosamente, el momento más literario de un set. El momento en que recordaba mi otro ruido ambiental: ese silencio que no asusta sino, más bien, conforta. Tanto me sedujo este "ruido silencioso" que, antes de tener que enfrentar un vuelo largo, bajé de la editora de mi montajista algunos de mis wilds favoritos y los subí en mi iPod como manera de combatir el ruido de los motores del avión. Cuando uno viaja, cuando uno está en otro sitio que no es el suyo, también está alerta. Tus sentidos lo están. Estás obligado a estar con tu brújula prendida y, a cada rato, estés o no estés preparado, ves y sientes y tocas y hueles y escuchas sensaciones nuevas. Uno sabe a lo que va, a pesar de que no tiene exactamente claro con qué se encontrará. Si nos concentramos sólo en el tema audio, tengo claro que, en El Cairo, o en Estambul, dos sitios que no conozco, el wild no será neutro. Me imagino desde bocinazos y rezos a Alá hasta la música que Giorgio Moroder compuso para "Expreso de medianoche" (curioso pero, al final, uno tiene expectativas de todo, incluyendo expectativas sonoras). Porque, al final, haya o no música, siempre hay una banda sonora. Cada ciudad tiene su plato típico y, quizás, su propio ruido. Y ese wild, junto a las canciones que suenan al azar en taxis y en parques, conformará la banda sonora de tu viaje. A veces hay una maldita canción que no para de sonar y que, a costa de repeticiones varias, termina por ser la canción del viaje (Billy Joel en Caracas, Guns N' Roses en Nueva Orleans, Tori Amos en Toronto). Hace poco estuve instalado unos días en la Cataluña profunda. En una ciudad pequeña llamada Lleida. El hotel era casi de cinco estrellas pero me pareció ruidoso y, a la larga, enervante. El hotel era de diseño (nada peor que el ultra diseño para ayudarte a no sentirte en casa) pero, a pesar de apostar por el blanco y lo minimal, no se atrevían a apagar sus parlantes. Un compilado de música anglo ochentera, incluyendo a Huey Lewis and the News, no paraba de escupir e invadía el lobby, el ascensor, los pasillos y, sobre todo, el comedor donde se desayuna. Desayuno con Paula Abdul y Midnight Oil, leyendo "El País" o "La Vanguardia". Intenté reclamar pero no tuve éxito. Pedí que bajaran "el ruido", que más que hotel, el sitio parecía una discotheque playera de la era de Michael J. Fox. Por último, le dije, por qué no tocan música andaluza. - Porque estamos en Cataluña, señor. Cierto. El conserje me insistió que era "música" y que a los pasajeros les gustaba. Los hacía sentir "menos solos". Entonces me acordé que andaba con mis propios silencios: árboles al atardecer, un departamento con suelo de madera en reposo, una calle de Providencia de noche. Me coloqué mi iPod, apreté wilds y, mientras esperaba que me pasaran a buscar, comencé a leer la última novela de Javier Cercas. En silencio.